Hay quien todavía mira Halloween con cierta desconfianza. Una fiesta importada, disfraces, calabazas, niños llamando a las puertas y escaparates convertidos en pequeñas casas encantadas. ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestras tradiciones? Probablemente, no demasiado. Y, sin embargo, cada año tiene un poco más que ver con nosotros. Porque las tradiciones, aunque a veces nos guste imaginarlas eternas e inmutables, también cambian. Se mezclan, viajan, se transforman y, con el tiempo, las hacemos nuestras.
Halloween tiene un origen mucho más antiguo y europeo de lo que solemos pensar. Sus raíces se encuentran en antiguas celebraciones vinculadas al final del verano y al comienzo del invierno, especialmente en la tradición celta de Samhain. Con el tiempo, aquellas costumbres se mezclaron con celebraciones cristianas como el Día de Todos los Santos y la conmemoración de los difuntos. La fiesta que hoy conocemos, con sus disfraces, calabazas y el famoso «truco o trato», tomó buena parte de su forma moderna en Estados Unidos, desde donde se extendió después por buena parte del mundo.
Y ahí está la paradoja: una celebración que muchos consideran profundamente americana tiene, en realidad, raíces europeas. Y aunque Halloween no sea una tradición propia de Madrid, ni de nuestros barrios, ha encontrado aquí un terreno fértil. Quizá porque a los niños les encanta. Porque disfrazarse es divertido. Porque una tarde cualquiera puede convertirse en una pequeña aventura. Y porque, en un mundo en el que no siempre resulta fácil encontrar momentos compartidos, cualquier excusa para salir a la calle, encontrarse y reírse juntos merece ser bienvenida.
Lo vemos cada vez más cerca. En los colegios del barrio, Halloween se ha convertido en una jornada de disfraces, actividades, manualidades, cuentos y decoraciones. Las aulas se llenan de fantasmas, murciélagos, brujas y calabazas; los niños participan, se divierten y, sobre todo, comparten una experiencia que rompe durante unas horas la rutina escolar.
También los comercios se han sumado al juego. Escaparates decorados, pequeños concursos, caramelos para los más pequeños, actividades y establecimientos que se transforman durante unos días. No hace falta mucho para que un espacio cambie de aspecto: unas telarañas, unas calabazas y un poco de imaginación bastan.
Y después están los vecinos. Los que abren la puerta con una sonrisa. Los que preparan caramelos. Los que se disfrazan incluso más que sus hijos. Los que quizá nunca habían celebrado Halloween y ahora descubren que tampoco está mal dejarse llevar un rato.
Eso es, en el fondo, lo interesante de esta fiesta en nuestros barrios. No necesitamos convertirla en algo que no es ni renunciar a nuestras propias tradiciones para disfrutarla. Celebrar Halloween no significa olvidar Todos los Santos, nuestras costumbres, nuestras fiestas o nuestra cultura. Significa incorporar una celebración nueva a nuestro particular calendario de excusas para encontrarnos.
Las tradiciones no se decretan. Se construyen con el tiempo y, sobre todo, con la participación de la gente. Quizá dentro de unas décadas Halloween ya no parezca una fiesta importada, sino una de esas cosas que se han hecho «toda la vida».

