Pinceladas en el Cerro

La Escuela de Vallecas, jóvenes abiertos, vitalistas, de actitud valiente y rompedora. Mostraron una nueva perspectiva artística y escribieron sus principios mientras observaban y pintaban el panorama paisajístico. Insertos en la generación del 27 fundaron su movimiento. Alberto Sán­chez, Benjamín Palencia y Herrera Pe­tere como impulsores seguidos por poe­tas, es­cultores, pintores, fotógrafos, ar­qui­­tectos, pe­riodistas e intelectuales con­for­maron la corriente. La visión pai­sa­jís­tica de los campos de Castilla, des­de Va­lle­cas y un mensaje de los nuevos tiempos.

Así caminaban en romería, procesión ar­­tística e intelectual, desde la estación Ato­­cha al Cerro Almodóvar. Aquel mon­te, arrasado e isleño, hermandad de sen­si­bi­­lidades, núcleo de aquella cultura artísti­ca republicana, con el cerro Al­mo­dó­var co­mo cerro testigo de geología, historia y arte.

 

Acompañémoslos en aquella primera romería, de arte y cultura

Estación de Atocha, hierro y vidrio. Madrid, tres y media de la tarde, una tarde de noviembre de 1927. Alberto espera, mira el reloj. Alberto Sánchez Pérez, escultor y pintor, por todo el mundo conocido como Alberto… y ya. Toledano de origen, el Greco en la medula y sueños cervantinos en la mente. Humanista social, Alberto el socialista.

Pasaban los minutos y el sol se antojaba pegadizo aún en fechas otoñales. Desde el Paseo del Prado se atisba un peregrinaje de jóvenes entusiastas, dirigidos, al fin, por Alberto Benjamín Palencia, pintor, ilustrador y director artístico de la compañía de teatro de Federico García Lorca, La Barraca. Obsesionado por el arte ibérico y la vanguardia española, principio y final de la manifestación artística patria, Alfa y Omega de la Es­cuela de Vallecas. Le acompaña José Herrera Petere, poeta y militante comunista. Y tras una pléyade de artistas e intelectuales, alternados en los siguientes años de la actividad: Maruja Mallo, Miguel Hernández, Federico Garcia Lorca, o Rafael Alberti, transitaron aquella romería.

Alberto el socialista estrecha la mano a Herrera el comunista, se miran con desconfianza jocosa. Palencia ríe: – Señores, esta tarde el arte y el paisaje en nuestra alma humanista… ¡En marcha! –

Comienza la marcha hacia el Sur, manifestación paisajística en movimiento, romería artística. La urbe cambia en su mirar, casas bajas sustituyen a los edificios del centro, les siguen presencias rurales, humildes, chabolistas… el extrarradio y los campos.

– Magníficos campos plásticos y nutritivos de Vallecas. – dirían posteriormente. Espigas, cebada y trigo definen el paseo bajo la sensibilidad y ambición de renovar el arte nacional en los preludios republicanos.

En el horizonte, pastizales creados por el pastoreo y un entorno inmediato dedicado a la agricultura de secano en armonía y equilibrio. Los rebaños de ovejas cambian la composición de los pastizales y la matorralización, con expansión de tomillares en ausencia de ganado, rodean a la comitiva poética. Siguen andando.

El horizonte responde. Bella y dura tierra castellana, llanuras onduladas y doradas, caminos polvorientos que vieron en la distancia de los siglos, tierra, hierro y sangre, el Cid cabalga. Cielo entre añil, celeste y rojo, intenso de sombras alargadas de molinos, campos de trigo, montañas lejanas que respira el paso de Quijote. Y más allá un olmo viejo, hendido por el rayo en su mitad podrido, álamos cantores, quiebras del pedregal cerros de rapaces, Castilla hacia la mar… diría Antonio Machado. Y finalmente, tras los paisajes áridos vallecanos: El cerro Almodóvar.

–Allí está. – determina Palencia – Cerro testigo de la visión de nuestro arte. Desde lo alto los campos de Castilla y nuestros principios. – Altar gigantesco de la experiencia poética, congregación de sensibilidades como epicentro de la cultura artística republicana. Allí, coronando la meta, un humilde y pequeño dolmen, erguido sobre el Cerro, se reúnen en circulo. Herrera Petere grita: – ¡Vivan los campos libres de España! – Benjamín Palencia expone: – Mirad. La geometría de los campos arados en interminables besanas, producen alegría por su juego sinfónico de horizontales y verticales superficiales, llenos de luz, que el hombre ordena y trabaja.

Herrera continua: – Hacia Madrid se abre desnuda maravilla, sin Dios, árbol ni nube: La pureza: Castilla; que desata en los campos la distancia amarilla agranda en lontananza la parda torrecilla. Vallecas, campos baldíos, Cerro Testigo de mil recuerdos míos, de trenes en desierto, de llanos labrantíos donde los hombres abren sus pechos a los fríos. La sencillez que transmiten las tierras de Castilla, contempladas desde las alturas sea la metáfora de tierra, obrero y campesino. Nuestras plumas, nuestros pinceles y nuestros cinceles siempre al servicio de ello: ¡Viva la Escuela de Vallecas!

Sobre el autor