Juan II y Vallecas

1444, Juan II, rey de Castilla, se cita el nombre de Vallecas aplicado a un núcleo de población. Por primera vez en la historia el nombre del municipio aparece en un escrito oficial. Sin embargo, se dice que hay algún documento que lo mencionan allá por 1406 y hasta de 1365. Si bien es cierto que formaba que ya entonces formaba parte de los cuatro sexmos de la Tierra de Madrid y ello nos retrotraería a 1427, en la primera mitad del s.XV es cuando se distingue el documento concreto en el que aparece el nombre de la villa.

Se distinguía como zona rural de abastecimiento de cereales, paja y pan, compartiendo esplendor con el reinado de Juan II de Castilla, el que fuera rey de Castilla desde 1406 hasta 1454. Reino, por cierto, enmarcado en conflictos y tensiones de la Corona de Aragón, con la nobleza castellana en contra de su valido, Álvaro de Luna. De Luna, héroe de la batalla de Olmedo contra los infantes de Aragón y los opositores castellanos. Lo cual incrementó el resentimiento de la nobleza castellana, que finalmente propició su caída. Perdido por tanto su favor real fue ejecutado en 1453, un año antes de la muerte del monarca. Pero poco antes colaboraba en cada decisión de su señor, quien además tenía en gran estima los consejos de la reina María de Aragón. El rey, más feliz entre artistas y músicos que frente a problemas políticos delegaba todo lo que podía. Es fácil, por tanto, imaginar uno de esos centenares de momentos en que se tomaban decisiones… como mencionar aquel pueblo que iba creciendo en importancia llamado: Vallecas.

 

Todavía agitaba el viento los campos de trigo y cebada acariciando olores de guerra y muerte cuando se avistaron las banderas castellanas

La carga guerrera de polvo sudor y hierro que habían cantado los juglares traía consigo a los vencedores de la contienda. El cabalgar de los jamelgos, junto al tintineo de los hierros, anunciaba la llegada de las mestas de Alvaro de Luna al encuentro de las de su señor Juan II. En la lejanía Aragón se batía en retirada.

Las campanas de la iglesia repicaban victoria. El monarca por fin descansaba en palacete defensivo de Castilla, salones de piedra, luz trémula de antorchas. Contempla un pergamino extendido sobre sus rodillas. Tras él crepita la hoguera de la chimenea, que recorta la imagen de Álvaro de Luna, manos cruzadas tras la espalda, astuto y habilidoso, observa las llamas y, de soslayo, al rey. Todavía joven, de piel blanca y ligeramente sonrosada, con cabellos de color avellana madura, devuelve la mirada.

– Así que Vallecas… — murmura el monarca, recorriendo con la vista el nombre inscrito en el documento. — No imaginaba que me asaltarais con estos menesteres tras los combates de esta mañana-

– Un asentamiento próspero, majestad —responde Álvaro, inclinando ligeramente la cabeza—. Sus tierras abastecen la ciudad de Madrid y alrededores y su gente es leal. Momento adecuado para reforzar simpatías con el pueblo… y… como bien recordareis, cada pueblo nombrado, fortalece el dominio de Castilla, mi rey.

Juan II asiente, pensativo. Entre las sombras les estudia una figura femenina. María de Aragón, sentada en un sillón de madera tallada, observaba a su esposo con expresión serena. Se alza, camina a su espalda. — Pareces ensimismado, mi señor — dijo ella, y su voz rompió el silencio pensativo del rey. — Ante vuestras diatribas, puedo confirmar que mi familia, la casa de Trastámara, estará de acuerdo.

– Y así, será reconocido como núcleo de población. — Alega Luna.

– Quede registrado en los documentos del reino, cumplid como buen soberano. — Sentencia la reina y su voz, serena domina la estancia

Un gesto de aprobación cruza el rostro de Álvaro de Luna. El soberano sonríe quedamente. Entorna la mirada. Qué más dará, un pueblo más un pueblo menos. Si ellos lo dicen será correcto. Cuanta burocracia, él, un rey humanista, feliz de libros y poesía, esta mañana guerreando, la tarde de política. Suspira…

– Amado soberano… — Vuelve a interrumpir su consejero.

Con un ademan seco de la mano Juan interrumpe. La pluma rasga el pergamino, la tinta inscribe, en un rincón de Castilla, entre campos dorados y humildes casas, un Vallecas que queda marcado en la Historia

– Ahora llamad a los músicos y poetas, estas cosas me aburren… soberanamente —

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