Marcela

Marcela Borrallos mujer comprometida, pionera en la defensa de la igualdad. En dictadura franquista sufrió persecución, amenazas por sus convicciones políticas. Nunca renunció a su lucha frente a estereotipos y diferencias laborales o sociales.
En Vallecas impulsó una red de apoyo entre vecinas de cooperación, aprendizaje compartido y solidaridad. Y promovió esa autonomía económica femenina en favor de muchas mujeres frente a la dependencia de sus maridos. Figura clave del movimiento vecinal, destacó en la UVA de Vallecas, dejando un recuerdo profundo y duradero.

Marcela abre los ojos, despierta en esa España de supuestos 25 años de paz. Lejos queda la guerra, pero todavía lejano es el horizonte democrático. Palangana, lavabo, vestidor… dormitorio en penumbra, los rayos del sol se extienden, sombras ventanales de rejillas cubren la cocina. Desmenuza mendrugos de pan en la leche y mira hacia la ventana. Amanece en la UVA de Vallecas, mosaico desigual de humildad y pobreza: casas de protección oficial, cemento gris y ladrillo visto. Chabolas apiñadas, calles sin asfaltar, polvo arrastrado de carros muleros, y primeros automóviles en la zona culminan el paisaje. Todo mezclado con el humo de la leña que algunos vecinos queman para cocinar.

Marcela suspira y enciende la radio. Sintoniza; extraños ruidos inteligibles, voces profundas y músicas diferentes. Afina buscando una tonadillera, una copla de antaño: Suena La Mamma de Charles Aznavour, seguido de Amor de Verano del Dúo Dinámico.

—Bueno, podría ser peor. —Después suenan Cuore de Rita Pavone y ahora She Loves You de los Beatles.
—¡Anda! Los yeyés —piensa Marcela. Los tiempos están cambiando, ya lo había dicho Bob Dylan, sin que ella lo supiera, pero pensaba lo mismo.

¡Bueno! La casa primero: agua al fuego, pan partido, colada camas todavía tibias. Llegan los quehaceres diarios en las calles. En la portería  prensa acumulada: “Franco mantiene la paz” rezan un par de portadas. Marcela sonríe irónica: —Bueno…—. Sobresale una revista de unidad sindical: “Contra el capitalismo, contra el socialismo”, y en otra: “El caso: un niño de once años descubre un crimen brutal”.
—¡Jesús!… cómo estamos —se repite mientras agarra su bolso y sale a la calle.

Pasea por acera roída, a la sombra del muro del ferrocarril. Carteles amarillos, desgastados por el sol y carcomidos por la lluvia, superponen otros recién pegados: “Claro que me conquistas, Marlboro” dice una mujer atractiva mirando al hombre que fuma. En otra niños se manchan ante la mirada sonriente de su madre: “No me importa si después se lava con ELEn 3” Frente al muro, soportales de protección oficial con nueva cartelería: “Colonia Lucky, que personaliza el prestigio masculino”. Marcela suspira resignada: —Así vamos—.

Anuncios de cine detrás: uno del oeste, “Mátalos jefe, te ayudo”, pistolas y virilidad; al lado, un próximo estreno: Cleopatra. —Mujeres así… —sonríe para sus adentro.

Llega al portal, llama tres veces; abre rejilla de puerta y asoma mujer de mediana edad.
—¿Marcela? Pasa. —

Dentro, el portal tiene una puerta que da a una sala, sillas en círculo y mujeres de todas las edades. Marcela se dirige a un extremo. Una joven le ofrece una silla; ella niega con la cabeza, apoya el bolso, aspira y habla:

—Amigas, estamos aquí para ayudarnos. Es fundamental el intercambio de conocimientos entre vecinas, amigas, madres e hijas. Ya hemos tenido otras reuniones parecidas: talleres improvisados de costura, de lectura y escritura, de economía doméstica. Así, amigas, fortaleceremos nuestra autonomía, más allá de nuestros maridos y padres; un núcleo de aprendizaje y solidaridad.

Sonríe y se sienta finalmente inclinándose al centro del circulo para que la oigan mejor sin alzar la voz.

– Vamos a organizarnos con apoyo diario en ayuda de crianza, dinero y enfermedades; aprendizaje compartido, independencia económica y una conciencia para reclamar, junto a los hombres, mejoras en vivienda y  servicios.

Todas aplauden. Marcela llora de emoción; ya ha empezado a organizarse:
—Repartíos por grupos…—

Cuando la noche cayó sobre la UVA de Vallecas, el barrio parecía igual, pero algo había cambiado: dignidad y resistencia femenina, uno de los miles de cambios que fortalecerían los tiempos que habrían de venir. Mientras tanto, en cocinas y patios, las vecinas retomaron la charla, compartieron conocimientos, como la gran red invisible que Marcela había tejido.

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