La torre de la iglesia de San Pedro Ad Víncula en Vallecas, obra renacentista de Juan de Herrera, estuvo pendiente de construcción durante décadas. Finalmente fue levantada en 1775 bajo la dirección del arquitecto Ventura Rodríguez. Este destacado arquitecto, hijo de un alarife, se formó como delineante en las obras del palacio de Aranjuez y fue contratado como delineador real en 1734. Se formó entre arquitectos italianos y franceses, destacando su relación con Filippo Juvara, y fue académico de mérito en la Academia de San Lucas de Roma. A lo largo de su carrera estuvo obsesionado por Juan de Herrera e influenciado por él, construyó importantes obras religiosas y monumentales, como la iglesia de San Marcos y las fuentes de Cibeles, Apolo y Neptuno. Fue director de la Academia de Bellas Artes y participó en el Real Monasterio de la Encarnación. Tras la muerte de Fernando VI, Rodríguez perdió el favor real ante Sabatini, favorito de Carlos III, pero mantuvo su influencia a través de la relación con el infante don Luis de Borbón y otros intelectuales. En 1764, fue nombrado maestro mayor de Obras y Fuentes de Madrid, diseñando parte del Paseo del Prado.
Y todavía podemos sentirlo en sus paseos vallecanos, a la sombra de su obra: la torre de San Pedro de Advíncula. Mientras repite entre dientes:
— Juan de Herrera, Juan de Herrera… Coronada queda tu obra. — Mira orgulloso el alzado de su torre, obra de entendimiento ilustrado, no como obra apresurada, sino como digna empresa de inmortalidad. —He coronado tu iglesia. — Se repite desde que comenzó, orgulloso de completar el proyecto de su idolatrado referente.
Lejos quedaban sus reconocimientos en la corte del muy dichoso Fernando VI, Dios lo tenga en su gloria, víctima de los caprichos de la portuguesa Bárbara de Braganza. Sus trazos, en buenos planos del último barroco, nunca fueron del gusto del nuevo monarca, de educación en exceso europea y tercero de nombre Carlos. Lejos quedaron aquellas grandes obras de la capilla del Palacio Real de Madrid, aun cuando, hacía escasos meses, terminó el Real Monasterio de la Encarnación en Madrid. Y todavía no lo sabe, pero sus planos sobre las fuentes de Cibeles, Apolo o Neptuno le entregarían la eternidad. —¡Mas ese maldito italiano de Sabatini es más del gusto del nuevo rey, mi señor, ¡Maldito romano! — clama con justificada rabia, por aquel que le arrebató los proyectos de la Puerta de Alcalá y la basílica de San Francisco el Grande.
Apoya su frente en el sillarejo de mampostería, base de su torre.
—Pero ahora sumo mi nombre al de Herrera, genio entre los maestros, maestro entre los genios, Don Juan, aquí culmino nuestra obra. — San Pedro de Advíncula, en recuerdo del hacedor de El Escorial y clave de la arquitectura renacentista. Su obra, por fin tiene torre, y sus campanas suenan al limpio cielo en el que levantan vuelo cigüeñas de tiempos ilustrados.
Entonces recuerda cada momento de la construcción. Cimientos que ahondaron la tierra con mimo para no dañar la Iglesia centenaria. Reposo de mole venidera, arrastrada con esfuerzo y sudor jornalero. Canteras vallecanas que suministraron los trabajos. Base robusta, fuste elevado, andamios de madera crujiente, poleas que, con paciente chirriar, elevaron y descendieron materiales de alturas crecientes.
Cada jornada un nuevo tramo , sellando su ascenso hacia la gloria de Dios y el arte de los hombres. Y remate donde habrían de morar las campanas que llamasen a los fieles. Esas que tañen ahora, con alegría festiva del trabajo terminado. Los primeros rayos del alba bendijeron la obra, entre cálculo y devoción, ciencia y piedad: la torre que aún vigila hoy las calles de Vallecas.
Entonces, Ventura Rodríguez retrocede y atisba el alzado de su torre, recortada por el atardecer rojizo, mientras las campanas cesan su tañer y los feligreses acuden a misa con sus mejores galas.
—Es hora de retirarse. El trabajo hecho está.
Queda allí, en la plaza, constancia de firma neoclásica e ilustrada, en el pueblo vallecano. Mientras tanto, el arquitecto real, caído en desgracia en la Corte, sube a su carruaje y el traqueteo equino le aleja de la plaza. —El trabajo hecho está.

