Amos Acero, un alcalde humanista en tiempos confusos. Alcalde de Vallecas, socialista, altruista, querido y admirado por vecinos, colegas y adversarios. Segunda República a la deriva. Malos tiempos para la moderación y el respeto. Llega el nuevo gobierno conservador radicalcedista, espejismo de orden, sospecha de retroceso social. Todo se tensa, todo explota, la locura como preámbulo de la tragedia. Asturias 1934, España congestionada, centenares de protestas en la geografía patria. Acero se une. Puede ser el momento. Las reformas en marcha, apoyadas por una revolución social que ayude al asentamiento de una nueva sociedad más justa. Todo se descontrola, violencia… muerte. Desaforada la revolución, descarnada la opresión. Exageración en los discursos y las decisiones, terror en las instituciones.
En el Puente de Vallecas se da un paro laboral reivindicativo, explotan reacciones violentas, muchedumbres confundidas, alteradas, radicales… Mal aconsejadas asaltan los colegios religiosos del Niño Jesús de Praga, Ave María y Emilio Ortuño.
El Ayuntamiento es un caos, Amos intenta gestionar la paz social sin éxito. Intenta evitar incidentes graves, mantener el orden en la localidad. Diplomacia y estatus. Energía, ordenes rápidas y eficaces. Fuerzas del orden, contacto con gobierno central y alcaldía de Madrid, desinformación, confusiones, bomberos y policía, incendios y conflictos… No le entienden, no convence. Revolucionario, terrorista, los adjetivos se suceden y los ataques políticos también. Si en toda la nación se repite el enfrentamiento político y la búsqueda de responsabilidades, en Vallecas tiene un objetivo claro, un nombre propio: Amós Acero. Destitución. Abandona su puesto.
Ya no hay marcha atrás todo a su alrededor se precipita, nuevas elecciones, victoria del Frente Popular ¿Será este el momento? Vuelve como concejal y como alcalde, ya es tarde. Febrero del 36. Posiciones enconadas, amenazas en plenos y parlamentos, prensa incendiaria, radicales en las calles, ruido de sables.
La vida municipal vuelve a cierta normalidad en esporádicos momentos. Amos preside sesión ordinaria del Ayuntamiento. Se propone recabar fondos para remediar la crisis del trabajo, no da tiempo. La revolución llama a la reacción. Las revueltas son insostenibles. La conspiración conservadora y militar va tomando posiciones. Los enfoques son encarnizados. Padre contra hijo, hermano contra hermano, tensión, muertes, sangre, violencia… Calles levantadas, ataques oficiales, iglesias incendiadas, detenciones masivas. Locura absoluta, una revolución postergada, un alzamiento militar triunfante, la guerra, el caos y el horror. Acero piensa ayudar, reparto de fusiles entre la población, parece buena idea, no lo es…
En el exterior: Frente de Madrid, batalla de Guadalajara, sangre en el Jarama, todo próximo. Silbidos de aviación y obuses, muerte desde el aire, nubes oscuras. Patrullas de aviación bombardean sin piedad las zonas rojas. Vallecas, barrio rojo en esencia, principal diana, calles y cuerpos sin vida, miedo en los ojos.
En el interior: todo huele a traición, todo es sospecha, detenciones a discreción, a aquel que huele, viste o se sabe conservador, burgués, discrepante… jurados populares, checas, y un nuevo horror. El alcalde se arriesga a ayudar a personas consideradas de ideología contraria, en ocasiones logra para ellos salvoconductos con los que alcanzar la zona enemiga.
Amos intenta gestionar su barrio en unión con un Madrid resistente ante el avance franquista, gobernar en favor del orden y la moderación en el barrio. Todo es inútil ante una vorágine de horror y sangre, fracasa en todos los ámbitos. El fascismo arremete, el anarquismo y el comunismo hacen estragos, la estructura socialista cae, la esperanza republicana muere mucho antes de perder la guerra.
– ¡No es esto, no es esto…! – Clamaba Ortega y Gasset, Amós lo afirma. No puede más.
– Huya señor alcalde, esto se está poniendo muy feo. Ha huido el gobierno central a Valencia y de allí van al extranjero. Aquí vendrán a por usted. – Grita su secretario mientras quema documentación… Y huyó
Amanecía un 27 de marzo de 1939, la guerra llegaba a sus últimos estertores. El norte había caído, Cataluña también, la frontera de Madrid languidecía. Carlos Rubiera Rodríguez, gobernador civil de Madrid, le espera en Alicante el 30 de ese mes, tienen que huir.
Puerto de Alicante, inmerso en ría humana, el buque atraca, extienden puentes, toman los billetes. – ¡Señor Amos Acero! ¡Señor Amos Acero! ¡Queda usted detenido! – Exhortan desde atrás, no es el único detenido.
Algunos compañeros parecen quedar libres, suben al buque, tocan al excalde, se despiden de Amos. – ¡Fuerza!¡Entereza, alcalde!
Con un último suspiro de voz expresa:
– Si algún día mis restos puedan ser enterrados en Vallecas, llevadme a su cementerio y así estaré cerca de lo que tanto quiero y del pueblo en cuyo servicio mudo el tributo de mi vida.
Acero se funde.

