Amos Acero, continua su éxtasis, tormento y éxtasis de guerra. Reformista, servicio a la República, al pueblo… Una visión de una sociedad mejor, truncada por una republica enloquecida, por un alzamiento militar vengativo, la crueldad de la guerra y por fin… su juicio ante el vencedor.
La oscuridad se ciñe sobre su destino. Detenido en el puerto de Alicante pasa a los campos de concentración de Los Almendros y de Albatera, para dar contra los barrotes de la prisión de la calle del Barco n.º 24 de Madrid.
Se abren las puertas, penumbra, pasillo, luz al fondo. La muerte en la distancia, opresión… juicio le llamaron algunos. Entra en la sala. Ladrillo visto, tenue luz amanecida entre ventanales. Frente a él testigos, periodistas, secretario a un lado, abogado y fiscal, plumilla y papeles. Al frente: el estrado, jurado, cinco oscuros hombres, uniformados, militares, señores y dueños de la realidad actual.
Se sienta cara a ellos, junto a Julián Vinagre, concejal del Ayuntamiento de Vallecas, acompañado de un pariente, un conocido y un sobrino. Lamentos y suspiros los acompañan.
– Ánimo compañeros, barbilla alta, no hicimos nada malo, nuestro honor se mantiene firme – Expone Amos
El Auditor de Guerra se levanta, dirige su mirada al Juez Militar Permanente para instruya juicio sumarísimo de urgencia: – Con el número 15043, contra Amos Acero Pérez. Proceda.
El fiscal se alza frente a todos, minutos de injurias y ataques, eleva la voz, inquisitivo, señala a Acero:
– Llamó «Pajarracos Negros» a la Gloriosa Aviación Nacional. Hacía una vida fastuosa, imposible de sostener con sus sueldos, productos de robos o saqueos, propagandista de la causa marxista contra la Gloriosa Liberación de Madrid…
El abogado pide que entre un testigo vecino de Vallecas:
– No habrá nadie que, por denuncia, detención, ni consentimiento pueda demostrar haber sufrido persecución por voluntad del acusado. El exalcalde fue enemigo de toda violencia, nada tenía que vengar personalmente.
Responde el fiscal:
– ¡Al iniciarse nuestro Glorioso Alzamiento, fue uno de los principales cabecillas de esta localidad! Causó reparto de fusiles a milicias rojas. Sus ideas marxistas le anteponen como cómplice de los asesinatos acaecidos posteriormente.
El abogado afirma:
– Su hogar ha sido varias veces registrado, todo lo existente en él, modesto y limitadísimo, es de legítima propiedad, ajeno a toda manifestación de lujo.
Pasan las semanas, mientras tanto, entre declaración y declaración, continúan los interrogatorios a las familias de los inculpados, se piden informes supuestamente imparciales, se estrecha la presión.
José Ropero, falangista, camisa vieja pide la palabra:
– Con los falangistas, vecinos de la barriada, aun conocida su filiación, mantuvo siempre con nosotros la mejor amistad.
El abogado interviene de nuevo:
– Todos estos hechos de fácil comprobación, revelan la conducta de quien tuvo como lema el respeto más absoluto a la vida de los demás. Todo esto prueba la falsedad de todas las acusaciones, la pasión morbosa que las ha inspirado y la calidad moral de quien es capaz de enlodar una personalidad antípoda del mundo moral en que se mueven sus denunciantes.
El jurado entorna la mirada, resopla alguno, susurran.
Amos Acero plantea, para una posible defensa, nuevos testigos. Son denegados. Los Jueces Militares no están tomando declaración a los ponentes, no les interesa. 50 testimonios se reportaron en favor de su inocencia. Da igual.
– No va ser posible – Amos Acero se percata de que todo está perdido. Eleva una Instancia al Juez Instructor del Juzgado, manifiesta su perplejidad ante la parcialidad del desarrollo del juicio. Todo sigue igual, es un cabeza de turco, un signo de la opresión, un ejemplo punitivo del nuevo régimen. Mira a los demás mientras es acompañando a su celda, pide lápiz y papel, y balbucea: – No me duele morir siendo inocente, lo doloroso sería morir culpable. –
Escribe en la celda esa noche: Soy inocente. Ya lo saben. Mi deseo es ser enterrado en Vallecas, también lo saben. Cerca de las personas que quiero y del pueblo al que serví.
No cena, casi no duerme, amanece entre las rendijas del ventanuco de la prisión. Chirria la puerta: Es la hora. Un camión recorta largas sombras al alba, frente a la muralla del cementerio. Baja forzado, maniatado, frente al paredón. Niega le venden los ojos, sube el mentón.
–¡Fuego! –
Plomo contra Acero. Vallecas muere.

