Policarpo Díaz Arévalo, Poli Díaz, El Potro de Vallecas. El boxeo español a finales del siglo XX. Siete veces campeón de España, ocho veces de Europa, peso ligero, campeón interino del Consejo Mundial de Boxeo en 1991, 44 victorias (28 por K.O.) y sólo 3 derrotas. Talento, personalidad y polémica enmarcaron su perfil. Y todavía se recuerda el combate por el título mundial contra el multicampeón Pernell Whitaker, derrotado por puntos a pesar de pelear con costilla y muñecas rotas. Aquello incrementó su leyenda en las décadas posteriores, convertido en estrella de la escena social madrileña.
Los focos se encienden, 27 de julio de 1991 en el Scope Arena de Norfolk, Virginia, EEUU. La electricidad se palpa en el aire que rodea el cuadrilátero. El rugido del público se percibe como un eco lejano, casi un murmullo. El ring, pulido, sombrío bajo luces que lo enmarcan. En España miles de casas, luz encendida, familias frente al televisor. –¡Esta noche a ver a Poli! – se repite en bares, clubes y hogares. En una esquina Whitaker, profesional, campeón del mundo, da saltos y puños al aire. Frente a él, Poli termina de atar cordones de guantes con los dientes… – Te voy a reventar la cabeza… – masculla. Escupe, al bote colocado a su derecha, coloca su protector bucal, choca sus puños. – ¡Vamos! –
En un destello recuerda su adolescencia, origines humildes, boxeo como única alternativa, pelear, luchar, salir de la dura realidad. Su entrenador habla «Es bajito y no puede boxear de directo de izquierda; tiene que meterse dentro, pasar manos… y golpear cuando han bajado los brazos»
El árbitro, ajeno a los gritos de la multitud, levanta el brazo. Los dos púgiles se enfrentan, el ritmo de sus puños marca tiempo a reloj. El primer golpe vuela, rápido y certero, Poli lo esquiva, lanza un jab directo. Whitaker lo encaja bien, reacciona y contraataca. Comienza una sinfonía de golpes entrelazados, duelo de voluntades, danza de puños y sudor.
Suena campana, primer descanso. Sus recuerdos se agolpan, primer combate profesional en 1988, Diecinueve años y K.O. Imbatibilidad durante cinco años. El público rugía en el campo del Gas. Victoria tras victoria, éxitos, fama y dinero. Carisma único, ídolo de masas en la clase trabajadora, estilo fulminante y eléctrico. Y llega su gran oportunidad, campeonato del mundo, el presente. Hay que continuar. El Potro describe a su oponente – Es un gran boxeador, pero se agacha mucho… – Su entrenador ríe. – Poli, recuerda que tienes una lesión en las costillas y muñecas –
Se suceden los asaltos, sonido sordo de guantes contra carne, público aguantando la respiración. El Potro de Vallecas contiene su furia contra su propio destino. Empieza a ceder terreno, pero su mirada es un fuego continuo. Whitaker se mueve con la elegancia de un bailarín, compone su combate como una obra artística salpicada de sangre y sudor. Díaz recuerda, su hermana Blasa, novicia de oficio, profesa para monja y reza por Poli. – Voy a ser campeón. Soy cuñado de Dios. – Dice el vallecano entre risas en un nuevo descanso.
Un derechazo brutal, directo al rostro, respuesta limpia, al rostro. Poli titubea, responde con un uppercut preciso que impacta en la barbilla oponente. Whitaker apoya en hombro vallecano. Los cuerpos magullados, heridos, cansados, piden parar, sin embargo, los puños buscan las costillas contrarias, el árbitro los separa… EL vallecano se enrabia. – ¡Te voy a arrancar la cabeza! –
Es mucho lo que se juegan: carreras, pasado y esfuerzos en juego que planifican el futuro. El momento es inmortal, legendario, lo saben. Se miran con los ojos hinchados y respiración entrecortada. Último round. 12 asaltos de tensión, un golpe deja a Whitaker aturdido, ya está: el K.O. Entonces Poli se abalanza, el árbitro le interrumpe, Whitaker agita la cabeza, se recupera, continúan… y campana. El combate ha terminado, será a puntos.
El árbitro alza la mano del norteamericano, la resignación de Poli se desprende en su momento más amargo, lo acepta y se despide como el héroe de la jornada.
Comenzaba un tiempo de decadencia vital, de problemas sociales, deportivos, amistosos, de conflictos con la ley… y sobrevivió. Más allá del drama vital regaló parte de los mejores momentos del boxeo español para siempre. El potro de Vallecas galopa eterno.

