Las de Vallecas

El convento de Nuestra Señora de la Piedad, de las monjas bernardas, fue fundado en 1473 en Vallecas por Alvar Garci Díez de Rivadeneira para proteger a las mujeres de su familia durante las guerras de los Reyes Católicos. Alvar donó sus bienes al convento, y su sobrino Garci Díez de Rivadeneira continuó el legado familiar reconocido por sus servicios al emperador Carlos V. En 1514, el cardenal Cisneros concedió al convento la parroquia de San Ginés para su sustento y en 1552, las monjas se trasladaron al centro de Madrid, manteniendo su nombre y devoción, mientras que la memoria popular las denominó para siempre “Las de Vallecas”.

En aquellos años la primera superior recayó en doña Ana, de la familia Rivadeneira, de quien se decía era mujer sabia, prudente y devota. Nombrada abadesa y debido a su formación estricta, solicitó profesar el convento bajo la orden cisterciense. Tras el paso del tiempo, las religiosas comenzaron a anhelar traslado a una ciudad principal, la elección de Madrid no se hizo esperar.

Con la nueva orden aceptada y el nuevo destino confirmado, el licenciado Alonso Romero de Herrera llega al monasterio, portando consigo la autoridad de Villa de Madrid. Con paso firme y mirada atenta, trae un memorial destinado a la disposición de las religiosas a la clausura.

Reciben la superiora Ana de la Concepción, Elvira de Jesús, portera, Elvira de Santiago, enfermera y María de la Cruz, veedora. Las puertas del convento se abren y un aire de recogimiento envuelve el patio. Las religiosas, reciben al caballero con reverencia silenciosa. Cada gesto, cada paso, respira prudencia y devoción, y el hidalgo inclina ligeramente su sien, descubriendo su sombrero emplumado.

La superiora comenta, aprovechando la ceremonia, sobre la profesión de las novicias Francisca de la Piedad y Elisa de la Cruz, quienes escuchan tras una puerta.

– Hijas mías, siguiendo la más estricta regla del Císter, recibimos al licenciado Alonso Romero y presentamos a las novicias de la Piedad y de la Cruz para hacer profesión, no como un simple acto, sino como compromiso sagrado, un sí total a la vida que habéis elegido en pobreza, castidad y obediencia.

Tras ceremoniosa recepción y austera celebración, el licenciado Herrera toma la palabra: – Cerrad ventanas, abrid otras más altas, con reja, hacedlo de tal manera que ni aun subidas a una silla puedan ver lo que ocurre fuera, pues el recogimiento ha de guardarse con celo. Y, sobre todo, sed firmes en esto: no consintáis la entrada de persona alguna, salvo aquellas que sean necesarias para el servicio de las provisiones, curar a las dolientes, o mujeres honestas que entren a visitaros. Así se mantendrá la clausura, el orden y la honra que os han sido encomendados.

Francisca y Elisa, refugiadas tras la puerta, escuchan angustiadas

– Quizás nuestro origen vallecano y la regla franciscana hubiesen sido mejor destino, hermana… – gime Elisa.

– Nuestra fe y devoción son verdaderas, nuestro sacrificio conocido, pero en nuestra carrera en el convento terminaremos decidiendo nosotras. Ser hijas de nobles no es baladí y nuestras decisiones, inspiradas en Dios nos acompañarán tiempos mejores. – reflexiona Francisca.

Ambas se santiguan y con las demás novicias, en paso ceremonioso, se recogen en la sacristía… comienza la oración.

Años después Francisco Díez, nuevo cabeza de familia Rivadeneira, en nombre de la familia fundadora acude al monasterio, se reúne con las abadesas. Hace tiempo que las mayores han fallecido y aquellas novicias, con más edad y poder resumen sus mejoras anheladas. Tras ello Francisco tomó la palabra:

– Escuchad y cumplid. Poned la divisa, armas y letra de nuestro linaje en la capilla mayor, tal como estuvieron en el monasterio vallecano, para que nadie olvide quiénes somos ni de dónde venimos. Y permitid a las monjas obrar con libertad y prudencia: que puedan trocar, cambiar, dar, donar y enajenar cuanto sea necesario con quien mejor les parezca. Obrad así, con firmeza y rectitud, para que la obra perdure y no se desdibuje el legado que os confío.

Francisca y Elisa, como sacristanas mayores, entradas en carnes y años  sonríen, mientras que fuera, se las conocía como “las de Vallecas”… y con “las de Vallecas” se quedaron.

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